Autor
Diana Tsankova
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sábado 7 febrero 2026 16:30
sábado, 7 febrero 2026, 16:30
FOTO Foto del documenal "El pueblo de Karakurt (Zhovtnevoe) en Besarabia (Ucrania)"/YouTube
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Bajo la sombra de un árbol majestuoso, en algún lugar de las estepas de Besarabia, varios habitantes charlan animadamente entre ellos. En el patio del pueblo se oye un murmullo cálido y suave como una brisa del pasado, cuando los inmigrantes de las tierras búlgaras trajeron consigo su lengua, sus tradiciones, sus recuerdos y legaron su memoria. Nos encontramos en Karakurt, antiguamente Zhovtnevo, en la región de Odesa, Ucrania.
"Mi pueblo natal es único porque en él viven personas de diferentes nacionalidades: albaneses, búlgaros y gagauzos. Se establecieron aquí en 1811. Al principio, los gagauzos vivían en la calle Zarechnaya, los búlgaros en la segunda calle y los albaneses en las calles más altas. Al principio no se casaban entre ellos, pero con el paso de los años comenzaron a celebrar matrimonios mixtos…”. Con estas palabras, Anna Zhecheva-Zubritska nos sumerge en la atmósfera de un lugar donde las casas parecen ordenadas, las calles están limpias y cada hoja, al igual que las personas, permanece intacta bajo los rayos del sol.
En su documental, proyectado en la sala “Zimna gradina” del Museo Etnográfico Nacional de la capital, la autora narra la diversidad de nacionalidades y la convivencia pacífica de las personas, así como su capacidad para comunicarse en diferentes idiomas. Ella misma conserva la memoria de un pasado que forma parte de la historia colectiva de Karakurt.
“Hace más de 200 años, dos hermanos y una hermana de la familia Zhechev abandonaron su pueblo natal en el distrito de Sliven (al sureste de Bulgaria)”, cuenta Anna Zhecheva. “Eran jóvenes y aún solteros: los chicos tenían 18 y 16 años, y la niña, 11. Sus padres los enviaron a otra tierra para salvarles la vida y continuar con el linaje, tal y como escribe Niko Stoyanov en su legendario poema:
“Abandonó los queridos Balcanes
no para buscar una vida fácil,
sino para seguir siendo búlgaro
y proteger su familia.”
“En mi familia y en nuestro pueblo, los búlgaros dejaban su patria e iban adonde había tierras vacías, donde se les daba la oportunidad de crear un hogar: construir sus casas y criar a su descendencia.”
Los búlgaros, albaneses y gagauzos se establecieron en Karakurt procedentes de distintas regiones de Bulgaria, sobre todo de la zona de Dobruja y de las regiones de Sliven y Yambol. En aquella época, cada grupo hablaba su lengua materna; todos profesaban la religión cristiana ortodoxa y mantenían sus tradiciones y costumbres.
Con el paso de los años, cuando comenzaron a casarse entre sí, las fiestas, tradiciones y costumbres se entrelazaron. Y para poder entenderse, aprendieron los idiomas de los demás y los hablan todos hasta el día de hoy.
“En la película quise mostrar cómo en una misma familia pueden convivir búlgaros, gagauzos y albaneses, comunicarse en los tres idiomas, respetar las tres culturas, alegrarse unos de otros y no notar esa diferencia", continúa Anna Zhecheva. "Es que cuando se sientan a una mesa y cuentan algo, los miembros de la familia pasan de un idioma a otro y eso no se percibe, porque todos lo entienden. Lo mismo ocurre con los vecinos, que también salen a la calle y conversan, en los últimos años, incluso en ucraniano y ruso. Es un fenómeno.”
Hoy en Karakurt residen oficialmente unas 2 300 personas. Lamentablemente, la mitad ya no está en el pueblo: se han marchado debido a la guerra que por cuarto año devasta su país. Muchos de ellos, sobre todo jóvenes, están construyendo actualmente una nueva vida en Bulgaria. Los que quedan viven unidos, compartiendo una misma tierra y un destino común. Se ganan la vida principalmente con la agricultura, la ganadería y la construcción, y en las fiestas todos se reúnen alrededor de la mesa.
Uno de los símbolos de Karakurt es la llamada Sala-Museo, donde las piezas expuestas nos devuelven al pasado. “Esta sala es el corazón y el alma de nuestro pueblo”, dice Anna Zhelescheva, directora de la Casa de la Cultura y una de las protagonistas de la película. En el lugar que dirige, la gente se reúne con frecuencia para bailar el joro, sin importar si son búlgaros, albaneses o gagauzos.Hace 200 años, nuestros antepasados llegaron a esta tierra y la hicieron floreciente, hermosa y muy próspera. Ahora, nuestros hijos se van a Bulgaria, allí estudian, forman nuevas familias búlgaras y se quedan a vivir allí.
En el pueblo también funciona el Centro Cultural y Educativo Búlgaro-Ucraniano "Media", creado por búlgaros étnicos, descendientes de los antiguos emigrantes de nuestras tierras. Cuenta con una red de escuelas dominicales, en las que trabajan un total de 92 docentes que se graduaron en las mejores universidades de Bulgaria, Ucrania y Moldavia.
Los jóvenes también asisten a grupos de danza y canto, así como a talleres de creatividad artística. Cada año participan en seminarios de formación en Bulgaria y ganan premios en diversos concursos, olimpiadas y festivales internacionales.
Niños y adultos hoy no se diferencian en nada entre sí: multiculturales y multilingües, viven en paz y armonía, y comparten con orgullo que, aunque son descendientes de tres pueblos distintos, están unidos y son igualmente cercanos en espíritu.
Autora: Diana Tsankova
Traducido por Zoraida de Radev
Publicado por Zoraida de Radev