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Imágenes de violencia en la red: psicología de la impunidad y falta de empatía

"La gente no ve el hecho de denunciar como un deber cívico, sino como un riesgo personal por miedo a represalias"

Imágenes de violencia en la red: psicología de la impunidad y falta de empatía

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En Bulgaria estamos siendo testigos de la revelación de unos hechos que llevan a satisfacer los instintos humanos más bajos. Y estos, al parecer, dejan huella en el tiempo. Grabar el maltrato de animales, colocar cámaras en salones de belleza y consultas ginecológicas, y el hecho de compartir imágenes como estas en sitios web para adultos tiene una explicación muy sencilla: como que alguien te guarda las espaldas, o la certeza de que probablemente nadie te pillará, o bien, como que simplemente eres portador de la estupidez humana. Sin embargo, según la ciencia y la psicología, detrás de este fenómeno se esconde una compleja combinación de déficits de personalidad y de entorno social que permite que este comportamiento no solo se manifieste, sino que además se normalice.

El psicólogo social Nikolay Dimitrov usa el término “deshumanización de la víctima” para explicar por qué grabar y compartir imágenes de violencia o de lo que se ve en espacios íntimos se convierte en diversión para el autor. También existe el fenómeno de la distancia moral, cuando su creador no ve las consecuencias de sus actos y su entorno le proporciona el anonimato y una sensación de impunidad.



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“Este tipo de violaciones de las normas tienen su raíz en la búsqueda de poder y control sobre el ser vivo, ya sea animal o humano, sobre el cuerpo, sobre el espacio personal, sobre el sufrimiento posterior del otro”, explica Nikolay Dimitrov. “Es una forma de compensar un vacío interior o el sentimiento de importancia personal. Y si estos actos no reciben una respuesta moral institucional, comienzan a repetirse”.

En estos casos el dinero es un motivo secundario. Este tipo de acciones suelen satisfacer un impulso psicológico y social más profundo, como la necesidad de poder, de control, de dominación, de reconocimiento. Y el hecho de que lo publicado en Internet reciba visibilidad en forma de “me gusta”, de publicación compartida o de comentarios acaba siendo una fuente de prestigio. En contextos así, las personas que sospechan que algo no está bien suelen optar por mantenerse al margen.

“Lo más habitual es lo que se conoce como el efecto del espectador pasivo”, explica el psicólogo. “Cuanta más gente sabe o sospecha que algo está pasando, menos probable es que alguien reaccione. De esta manera la responsabilidad se difumina y todos esperan que otro tome la iniciativa. También existe el miedo a la represión: cuando en la conciencia pública existe la convicción de que una persona es intocable, la gente percibe la denuncia no como un deber cívico, sino como un riesgo personal. Se crea una cultura de silencio cauteloso, el miedo se convierte en la norma y la pasividad se vuelve aceptable, aun siendo perjudicial para la sociedad.”


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La cautela, la distancia, el mantener los ojos cerrados, pese a ser uno consciente de que el silencio también es pecado, no son suficientes para ponerle un diagnóstico a toda nuestra sociedad.

“Lo que debemos validar son las condiciones sociales que a veces hacen invisibles este tipo de excesos”, opina Nikolay Dimitrov. “El comportamiento extremo sale a relucir allá donde las normas son poco claras, donde las sanciones son inconsistentes y la reacción social llega tarde o no es firme.” Más bien deberíamos preocuparnos por cómo educamos la sensibilidad hacia la violencia, cómo protegemos a las víctimas, cómo dejamos claro que ciertos límites no son negociables. Porque una sociedad que permite redefinir los límites individuales acaba sufriendo precisamente estas consecuencias. Lo más peligroso no es el acto violento en sí, sino el silencio que lo rodea, porque es lo que lo hace posible.”

Pero, ¿dónde se aprende la empatía, la sensibilidad y la responsabilidad hacia el sufrimiento de la víctima, ya sea humana o animal?

De todos los agentes de socialización, el primero es la familia”, es rotundo el psicólogo. “Cuando los padres están ocupados y no prestan atención a sus hijos, estos no tienen de dónde aprender las valiosas habilidades sociales. Y al entrar en un entorno escolar formal, tampoco se trabaja con ellos de forma suficientemente activa. Por último, pero no menos importante, está un factor que ha sido muy poderoso a lo largo de los años en la educación del ser humano: la religión. Pero podemos ver la crisis institucional y moral en que se encuentra la Iglesia Ortodoxa Búlgara, casi retirada de sus funciones sociales. No olvidemos tampoco a los medios de comunicación, que son un poderoso agente de socialización: cuando la violencia mediática - y especialmente la visual- forma parte de la programación, pasa a normalizarse y comienza a percibirse como otro elemento más de la vida”.

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Una de las preguntas que se plantea nuestra sociedad es si las fuerzas del orden llevarán a cabo una investigación exhaustiva de los escándalos, si serán dictadas unas sentencias justas y, en caso de que esto no ocurra, si podemos esperar una reacción ciudadana, como ocurrió a finales de 2025.

Es bueno que la sociedad reaccione”, concluye el psicólogo. “Sin contraponer los motivos, a veces se observan reacciones espontáneas y masivas contra la violencia hacia los animales, mientras que contra la violencia hacia los niños no las hay, y me gustaría que hubiera una mayor actividad también en estos casos. En cuanto a si las autoridades judiciales harán su trabajo, espero que sí, porque uno de los mecanismos de control social es precisamente la reacción de las instituciones. Cuanto más a tiempo llegue ésta y cuanto más coherente sea, más claro será su mensaje: sobre lo que es aceptable y lo que es inadmisible. Es decir, la reacción será lo que muestre a las personas capaces de cometer semejante acto que sus obras no quedarán impunes y que lo mejor es no emprender ese camino”.


Autor: Diana Tsankova

Traducción: Alena Markova