Autor
Alexandra Karamihaleva
miércoles 25 marzo 2026 19:30
miércoles, 25 marzo 2026, 19:30
Teodora y su novio, Mihail Mihaylov
FOTO Alexandra Karamihaleva
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Teodora Ivanova es una estudiante búlgara en Milán, a quien el equipo del podcast especializado “Puente de la fe” de Radio Bulgaria conoció en la iglesia búlgara de San Ambrosio, en la ciudad italiana. Llegó a Italia hace dos años para continuar sus estudios.“Cursaba un máster en Derecho y Desarrollo Sostenible y, como la Universidad de Milán ofrecía el programa en inglés, decidí venir aquí”, comienza su relato, antes de responder a cómo descubrió la iglesia búlgara de la calle Sant’Antonio 5, en pleno centro, y qué le aportan la fe y la comunidad ortodoxa búlgara lejos de su familia y de su país. Teodora es de aquellos numerosos búlgaros que, aunque bautizados, no llevaban una vida religiosa en su país. Solo al marcharse al extranjero toman conciencia de su singularidad y de su identidad ortodoxa, y es allí, lejos de su hogar, donde encuentran un sentimiento de pertenencia en la casa de Dios.
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“Hace unos dos años empecé a interesarme más por la religión y la fe, y comencé a forjar mi relación personal con Dios. Sentía la necesidad de que esa relación también estuviera respaldada por una comunidad eclesiástica, a través de la asistencia a la iglesia. Por suerte, al buscar en Internet descubrí que en Italia hay una iglesia ortodoxa búlgara, concretamente en Milán, que es la ciudad donde vivo. Inmediatamente acudí a la liturgia —vi que se celebraba los domingos— y me sorprendió muchísimo la calidad humana de las personas: lo amables que son todos”, cuenta ella. Reconoce que en Bulgaria no asistía a la liturgia, pero ahora eso le aporta felicidad y tranquilidad. “Estoy orgullosa de formar parte de esta comunidad. Me siento bien y muy agradecida al consejo parroquial, al padre Vasil, a Desi, a Elizabeth y a todas las personas que lo hacen posible con su ayuda y dedicación”.
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¿Cuál es la lección que Teodora ha aprendido a través de las misas y del conocimiento de la fe ortodoxa, que transforma la vanidad en su vida cotidiana?
“Lo que aplico en mi día a día es la gratitud. Por ejemplo, después de cada liturgia leemos textos cristianos, y a través de ellos comprendo cada vez más que debemos estar agradecidos por todo, incluso por las cosas más pequeñas: por el techo que tenemos, por la comida en la mesa, por el agua… ¡por todo! Esa gratitud te convierte en una persona mucho más tranquila y feliz. Creo sinceramente que la gratitud hacia Dios, junto con las oraciones por la paz en el mundo y por la salud —la mía y la de mi familia—, es algo que también me llevo conmigo de mi experiencia aquí”, resume.
Para la joven, el cristianismo no termina con un “Amén” al final del servicio. La verdadera vivencia de la fe comienza cuando hay que mantener ese espíritu de gratitud, paz y amor en el tráfico, en la cola del supermercado o en las situaciones complicadas de la vida.
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Al mencionar la oración por sus seres queridos, le preguntamos a Teodora si esta le ayuda a no sentirse tan lejos de ellos.
“Cuando vienes a una iglesia así, nunca te sientes solo, porque creas vínculos con las personas de aquí, con Dios, con el sacerdote, con toda la comunidad cristiana y, por supuesto, con los santos. Además, al rezar por tus seres queridos, aunque estés lejos, sientes que haces algo bueno por ellos: al incluirlos en tus oraciones les ayudas. Como emigrante, es importante contar con una comunidad eclesiástica así, en la que al menos puedas hablar en búlgaro, algo que no siempre es fácil cuando vives en el extranjero. Eso te hace sentir muy bien y como en casa”.
Teodora con miembros de la comunidad parroquial
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En el templo búlgaro, en el corazón de Lombardía, Teodora descubre que la oración es el camino más directo hacia el hogar, que nos une a Dios. Allí comprende que todo en nuestra vida es un don de Dios y que la capacidad de estar agradecidos por todo lo que tenemos y por lo que somos es el bien más preciado que llevará consigo, dondequiera que la lleve el camino de su vida.
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Resactora: Alexandra Karamihaleva
Traducido por Zoraida de Radev