Autor
Alexandra Karamihaleva
Artículo
De París a Dublín: Por qué la vida eclesiástica en el extranjero merece la pena
miércoles 10 junio 2026 13:21
miércoles, 10 junio 2026, 13:21
FOTO Alexandra Karamihaleva
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Para los búlgaros que viven en el extranjero, cruzar las fronteras nacionales para asistir a una fiesta patronal o a una liturgia episcopal no ocurre a modo de excepción. Esto es una práctica consolidada y una viva confirmación de la unidad de la Iglesia. Los búlgaros en Europa, tanto sacerdotes como laicos, recorren a menudo cientos de kilómetros hasta alguna comunidad eclesiástica ortodoxa búlgara para compartir la alegría de los anfitriones y apoyarles.
Dobrinka Gramova llega a Dublín desde París junto con su esposo –el hipodiácono Vasil Gramov– y sus dos hijos, especialmente para el servicio de Pascua y para apoyar la fundación de la nueva comunidad eclesiástica búlgara en Irlanda. Aunque celebran la Resurrección de Cristo en el hotel tras un agotador viaje matutino, el cansancio cede rápidamente ante la alegría de compartir esta fiesta.
En el podcast de Radio Bulgaria “Puente de la fe”, Dobrinka ha compartido su valiosa experiencia de vida en una de las parroquias búlgaras más antiguas de Europa: la comunidad eclesiástica ortodoxa búlgara “San Patriarca Eutimio de Tarnovo” en París. Se trata de un relato sobre la comunidad eclesiástica ortodoxa como una gran familia cristiana y sobre la fe ortodoxa como algo que alimenta el alma. Una conversación sobre el ejemplo personal de los padres que cada domingo recorren largas distancias para proporcionar a sus hijos unos sólidos cimientos espirituales y un sentido de pertenencia.
Dobrinka lleva más de una década residiendo en Francia. Vive con su familia en Joinville-le-Pont, una localidad situada en el departamento de Val-de-Marne y que forma parte de la denominada “Gran París” (Métropole du Grand Paris). Ella no recuerda ningún momento de su estancia en el extranjero en el que no haya tenido su propia comunidad religiosa y su propio templo.
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“Cuando fui a París, ya había una iglesia búlgara. Aunque nuestra iglesia no es exactamente como la gente se la imagina, como una grande y hermosa catedral. Es simplemente un local en el que nos reunimos. Pero el lugar, en realidad, no es tan importante. Lo importante somos las personas que estamos allí. Rezamos juntos, compartimos… Los sacerdotes son unas personas maravillosas, bondadosas y espirituales, que nos reúnen a todos”.
Las palabras de Dobrinka nos recuerdan una profunda verdad: que la Iglesia no está en lo grandioso del edificio, por majestuoso que sea, sino en las almas humanas, unidas por una fe, por una esperanza y un amor: el de Cristo. Es precisamente este amor y la oración compartida lo que convierte la modesta sala parisina en un verdadero templo, donde los búlgaros encuentran un refugio para sus almas lejos de la patria.
En París, todo el mundo puede participar activamente en la vida parroquial según sus dones y preferencias: cantar en el coro de la iglesia, profundizar en el conocimiento de la fe, pintar, ayudar en la celebración de la misa o en la organización de actividades extra-litúrgicas:
“Organizamos muchos talleres. Hay un taller de catequesis para niños y adultos, y un taller de canto. A mi hijo mayor le encanta cantar y participa justo en este taller. A mí también. Es decir, no recuerdo una época en la que no tuviéramos nuestra comunidad eclesiástica búlgara y nuestro templo, y valoro lo que tenemos”, cuenta Dobrinka Gramova.
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Al hacer balance de lo que le aporta a ella y a sus seres queridos la posibilidad de participar en los oficios religiosos en su lengua materna y en la vida de la parroquia, su expresión cobra una especial dulzura y luminosidad. Para ella la vida eclesiástica no es una mera formalidad, sino una necesidad vital y un elemento de importancia existencial.
“Esto es algo muy valioso para nosotros. Yo diría que es alimento para el alma. Nos aporta paz, tranquilidad, un lugar donde podemos rezar con otros compatriotas, donde se celebra la misa en nuestra lengua eslava eclesiástica, donde podemos celebrar nuestras fiestas como la Pascua o la Navidad, a nuestra manera. Podemos confesarnos en búlgaro, con sacerdotes búlgaros. Lo importante para nosotros es estar juntos, compartir las fiestas y rezar juntos. Tenemos una comunidad parroquial maravillosa, y gente con la que nos reunimos cada domingo, que es como nuestra familia. ¡Eso es una verdadera riqueza!”
Para Dobrinka y su familia, el vínculo con la iglesia búlgara de París es profundamente personal e íntimo. Allí, ella y sus hijos recibieron el Santo Bautismo y se convirtieron en miembros de la Iglesia de Cristo:
“Nuestros hijos nacieron, de hecho, en París. Los bautizamos en la iglesia y a mí misma me bautizaron en la iglesia búlgara de París, lo cual es muy valioso para mí y supone un fuerte vínculo con esa iglesia”.
La capital francesa es una de las mayores metrópolis europeas e impone su propio ritmo. Allí las distancias se miden en tiempo.
“Sé que es difícil. París es enorme y nuestra iglesia está lejos, por lo que llegar hasta ella supone un gran esfuerzo para nosotros. Especialmente con niños pequeños. Levantarse temprano cada domingo e ir a tiempo a misa es difícil, pero merece la pena”, es rotunda Dobrinka.
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Detrás de la hermosa imagen de una parroquia unida, de la fe compartida, de las alegrías y dificultades compartidas en la comunidad, se esconden una fuerza de voluntad y un esfuerzo consciente, una especie de sacrificio personal y perseverancia. Y desde la perspectiva de su experiencia en la vida eclesiástica en París, Dobrinka Gramova se dirige a los búlgaros en Irlanda, quienes están comenzando sentar los cimientos de su comunidad eclesiástica en Dublín:
“Mi consejo es que tengan fe, que no se desanimen ante las dificultades y que no se rindan. Que tengan ganas, voluntad y constancia. Porque la comunidad eclesiástica es una familia increíble. Ahí nos reunimos con búlgaros, nos apoyamos, nos ayudamos y socializamos. Para los niños los oficios religiosos y la vida de gracia en la Iglesia son un alimento increíble para el alma, allí aprenden cosas buenas. Por eso, a pesar de las dificultades, merece la pena.”
La fe como escudo frente a los retos de la era moderna es el otro tema que abordamos en la conversación con Dobrinka. Juntos, ella y su marido se sienten mucho más tranquilos respecto al futuro de sus hijos, precisamente porque los llevan desde pequeños a los oficios religiosos, los acercan a los Santos Sacramentos y los educan en el conocimiento de Dios.
“En el mundo actual la espiritualidad y el espíritu se ven amenazados. Especialmente para los niños, que pasan todo el tiempo delante de las pantallas. Por eso para nosotros es muy importante que reciban este alimento espiritual para el alma, que aprendan las virtudes cristianas y que sean buenas personas. Este tiempo que pasan en la iglesia es muy valioso”, afirma nuestra interlocutora.
Las palabras de Dobrinka Gramova confirman que para los búlgaros en el extranjero la parroquia ortodoxa se acaba convirtiendo rápidamente en una familia espiritual que ofrece paz, apoyo y esa sensación de hogar, estando lejos de la patria.
Autor: Alexandra Karamihaleva
Traducción: Alena Markova