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Turistas de todo el mundo descubren la magia del pueblo de Kosovo en los Ródopes

El pueblo es también parte de la historia personal del regreso de Dimitar Ralev de Venezuela a Bulgaria

Turistas de todo el mundo descubren la magia del pueblo de Kosovo en los Ródopes

FOTO Archivo personal

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En Bulgaria hay pueblos en los que actualmente viven tan solo unas pocas personas, y pueblos que ya están completamente vacíos. Sin embargo, también hay lugares que parecen haber encontrado su propia forma de recuperar la vida, no con atracciones ruidosas, sino con paz, autenticidad y un especial trato humano. Uno de ellos es el pintoresco pueblo de Kosovo, en los montes Ródope, donde hace tiempo que los turistas ya no se consideran simples huéspedes, sino amigos.

A 31 de diciembre de 2025, en Bulgaria hay 1.280 localidades con entre 1 y 49 habitantes, y 192 poblaciones están completamente deshabitadas, según los datos del Instituto Nacional de Estadística. Las razones son diversas, pero suelen estar relacionadas con la búsqueda de empleo y de mejores oportunidades de vida, que para muchos son posibles únicamente en las grandes ciudades o en el extranjero.

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FOTO selokosovo.com

La historia de la familia de Hristo y Svetla Ralevi es diferente. Tras más de 15 años viviendo y trabajando en Venezuela, donde criaron y educaron a sus dos hijos, ambos decidieron volver a Bulgaria. Buscaban un lugar tranquilo donde cambiar su estilo de vida y, en 2004, llegaron al pueblo de Kosovo, a unos 50 kilómetros de Plovdiv –la segunda ciudad más grande de Bulgaria–, camino en dirección Asenovgrad a Smolyan, y a nada más cinco kilómetros del balneario de Narechenski Bani.

Ninguno de los dos tenía relación previa con este pueblo: él es electricista y ella, ingeniera de software. Poco a poco, se enamoraron del lugar y restauraron tres de sus antiguas casas, que convirtieron en pequeños alojamientos turísticos que ahora acogen a huéspedes de Bulgaria y del extranjero.

El nombre de Kosovo está relacionado con diversas leyendas. Resulta que no proviene del pájaro “kos” (“mirlo” en búlgaro), sino más bien de la particularidad del terreno, está situado en las laderas de la montaña (“koso”- en ángulo, inclinado). Por tanto, para desplazarse por el pueblo y sus alrededores, hay que estar preparado para senderos empinados y calles en cuesta.



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FOTO selokosovo.com

Diez años más tarde, Dimitar, el hijo de Hristo y Svetla, se ha unido a ellos. Él volvió de Venezuela tras terminar la universidad y trabajar durante un tiempo en Caracas como profesor asistente de mecatrónica y robótica. Los problemas económicos en el país sudamericano, que ya habían comenzado durante el mandato del presidente Hugo Chávez (1999-2013), le llevaron a buscar de nuevo su futuro en Bulgaria.

Junto con su prima Gergana Lyutskanova, quien se licenció en turismo en Suiza y trabajó en el sector primero en Barcelona y después en las Islas Caimán, Dimitar empezó a ayudar a sus padres a recibir y alojar a los turistas:


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FOTO Archivo personal

“Ella es la persona con experiencia profesional en el sector”, reconoce Dimitar Ralev, “por eso intentamos aplicar su experiencia y lo que hemos visto que se hace en el resto del mundo. Ella no vive de forma permanente en el pueblo de Kosovo, como yo, pero nos aporta la valiosa perspectiva de una profesional que observa el panorama general y sabe cómo hacer que las cosas funcionen, lo cual es muy importante. Nos ayuda con la publicidad y con la forma en que recibimos a los huéspedes y presentamos nuestro producto y servicio. Por mucho que hablemos de ello, en Bulgaria esta actitud hacia el cliente aún no está presente en todas partes y, por eso, cuando los recibimos y nos presentamos ante ellos, nuestros huéspedes lo valoran”.


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FOTO selokosovo.com

Para Dimitar, el buen trato a los huéspedes es especialmente importante precisamente en un lugar como Kosovo. Cuando en un pequeño pueblo de montaña falta un determinado servicio o producto, no es necesario que eso se convierta en un problema para el turista. Lo principal es ofrecerle una alternativa adecuada, para que su experiencia siga siendo agradable.



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Y es obvio que este enfoque funciona. La familia Ralev ha hecho amigos de diferentes rincones del mundo, algunos de los cuales vuelven a Kosovo cada año, mientras que otros incluso deciden comprar una propiedad allí:

“Ya ni siquiera los llamamos turistas, sino amigos que no solo vienen cada año, sino que varias de estas familias ya son propietarias de inmuebles en Kosovo y los utilizan como casas de campo. Quieren tener un rinconcito fuera de la ciudad cuando vuelven a Bulgaria. También tenemos una conocida que se jubiló en Alemania junto con su marido y este año se han mudado definitivamente al pueblo”.

Entre los visitantes hay muchas familias mixtas formadas por búlgaros y extranjeros. A menudo combinan la visita a las ciudades natales de sus parejas búlgaras con unos días o una semana de descanso en los Ródopes.

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“También nos han visitado personas de Sudamérica, pero son más bien una excepción. Es una gran sorpresa cuando llegan a un pueblecito como este, en los Ródopes y alguien les recibe no solo hablando español, sino que además tiene vínculos con Sudamérica. Tuvimos un caso así con unos huéspedes que habían venido de Perú. La mujer era búlgara y el hombre, peruano. Se quedaron muy sorprendidos de que alguien en los Ródopes hablara español con acento latinoamericano”.

Aunque Kosovo sigue siendo un pueblo pequeño, en los últimos años el número de personas que viven allí todo el año ha ido aumentando poco a poco. Y esto resulta especialmente revelador si se compara con el panorama demográfico general de los pueblos búlgaros.

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“El invierno pasado éramos unas 15 personas, ya que hay varias familias que han comprado propiedades y se han mudado aquí. Hubo un periodo antes de la pandemia de la COVID-19 en el que solo quedábamos seis personas en invierno. Así que el pueblo va creciendo poco a poco, aunque no podemos esperar que se convierta en un pueblo enorme. En verano y los fines de semana vienen bastantes personas de Sofía, Plovdiv y Burgas, que tienen casas de campo aquí y quieren escapar un rato de la rutina diaria”.

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FOTO Archivo personal

Y probablemente ese sea precisamente el mayor tesoro de Kosovo: su capacidad para hacer que uno baje el ritmo.

El pueblo nos transporta siglos atrás en el tiempo. Se pobló en el siglo XVII y alcanzó su apogeo a mediados y finales del siglo XIX. Gran parte de sus casas de piedra que están bien conservadas, con sus característicos tejados de tejas, datan precisamente del periodo del Renacimiento. El medio de vida de los autóctonos —el transporte de mercancías a cambio de una remuneración, la ganadería, la agricultura y la albañilería—, ellos construyeron unas casas espaciosas con altos muros de piedra y techos tallados. Fueron apareciendo poco a poco calles empedradas y puentes, que hoy siguen formando parte del paisaje del pueblo.

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FOTO selokosovo.com

La zona que rodea Kosovo también ofrece recorridos por el pasado histórico y cultural de la región de los Ródopes: en las inmediaciones se encuentran el monasterio de Bachkovo y la fortaleza de Asenov, la zona de los Puentes Maravillosos (a unos 30 km), o las aguas termales de Narechenski Bani (a 6-7 km). El clima aquí también es muy agradable: en verano hace fresco y en invierno el tiempo es relativamente suave, con unas heladas intensas, pero pocas ventiscas.

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Todo ello hace que el pequeño pueblo de Kosovo sea grande por su historia, su arquitectura y su ambiente. Y aunque, según las estadísticas de finales de 2025, en el pueblo viven apenas 29 personas, lo mejor es que entre ellos ya hay personas que han elegido Kosovo como destino vacacional, pero además como su hogar. Una prueba de que, a veces, el camino hacia una vida mejor no conduce necesariamente a la gran ciudad, sino más bien a un pequeño pueblo como este, abrazado por las laderas de los mágicos montes Ródope.


Autor: Yoan Kolev

Traducción: Alena Markova